La pluma de Kappa

Bailaba
En los días calurosos de verano marchaba en compañía de los suyos hacia el mar del Sur. Miraba por la ventana del coche imaginando familias enteras entre las montañas y en los altos árboles veía las sombras que alguna vez la cubrieron del sol. Posó sus pies sobre arena cristalina, tan diminuta como su presencia ante la inmensidad del mar y se acercó hasta la orilla respirando lo que ella llamaba “libertad”. Tenía miedo de no saber bailar porque su compás de brazos y piernas no seguían el vals del mar. Probó a dar unos pasos, pero pisó al educado galán que se alejó levemente, pero se volvió a acercar. Ven, baila conmigo; pero ella, ya bailaba en la soledad.
Ambrosía
Caminaba por la calle con pasos ligeros buscando algo de luz entre tanta oscuridad. A lo lejos divisó una silueta alta que la invitaba a continuar, pero se paró en seco, aquella sería su cárcel, pensó, su destino fatal.
Caminaba por la calle con pasos pesados buscando algo de oscuridad entre tanta luz. A lo lejos divisó una silueta alta que la invitaba a parar, pero siguió adelante, hacia su destino y hacia su hogar.
Ella era delicada, pero entre tanta daga, se convirtió en una flecha fugaz imposible de alcanzar.



Se dice por ahí
Ella se enamoró una vez. Segundos, minutos, horas, días, meses y años pasaron por su cabeza imaginando un tórrido romance que terminaría en una buena cena con perdices y un final feliz.
Pero un buen día, se dio cuenta de que los finales tristes también se incluían en los cuentos. Se decía por ahí que ella era una ilusa porque había creído en una historia con un bonito fin.
Sin alas
En la esperada primavera, todos hablaban de las mariposas, de su revoloteo. Ella se quedó mirando, esperando ver alguna sobre sus cabezas, pero todo eran palabras, risas y mejillas coloradas.
Una mañana salió al campo esperando encontrar una mariposa que revoloteara sobre ella, y parándose entre las flores encontró miles de mariposas; aunque todas salieron espantadas cuando se acercó, menos una.
Era una mariposa sin alas que no destacaba entre las demás, estaba inmóvil y solitaria; sin embargo estaba posada en la flor más hermosa de todo el campo, y eso la hacía hermosa a ella.



Me escribí una canción
Cogió la guitarra en plena noche y se fue hasta al arroyo, sola y acompañada al mismo tiempo. Contempló el reflejo de la luna en las aguas y pensó: ¡Cuántas canciones te dedicaron, luna! Y yo, que estoy tan sola como tú, sigo siendo esa letra que quedó a la mitad, ese estribillo que nunca se acabó. Entonces, agarró su guitarra y cantó,
Me escribí una canción,
Y nunca la canté,
Y para ti, que te sientes sola,
Te la dediqué.
Hestia
Eres hogar de todos si te vistes como tal. El fuego que alumbra corazones y da vida. La pureza de quien te merece y de quien no, también. Pero; si nunca hubieras alumbrado corazones ni dado vida, si nunca hubieras sido pura, si nunca hubieras sido hogar, entonces, ¿cómo te llamarían?



Girasol
A veces me aburro porque todos miramos al sol, cada cual al suyo, que en esencia, es el mismo que el mío, pero ¿qué sería de nosotros y nosotras si no tuviéramos un sol al que mirar? Y ¿qué sería del sol si no tuviera a quién alumbrar? Sería la oscuridad, fría y completamente sola.
Nos necesitamos
Sí, soy una mujer. Podría describirme con muchos adjetivos que hablen bien de mí o con muchos que hagan lo contrario, a lo largo de la historia ha sido así y seguirá hasta que todo sea la nada.
Pero tú, que me miras desde el otro lado, ajeno a todo o atento y callado, déjame decirte que te necesitamos. Y, aunque, se haya negado y se vuelva a negar, déjame decirte que tú, también me vas a necesitar.



Paradoja
Todas las flores son hermosas, diferentes en sus formas, tamaños y olores, pero inigualable su presencia. Y entonces, me pregunto:
¿Por qué cortamos las flores más bellas?
¿Por qué cortamos las flores?
¿Por qué?
Si cuando a nosotras nos cortan, nadie nos riega.


Mujer inefable
Me gustaba pensar que ella tenía sueños. La miraba desde el otro anexo, pensativa y con la mirada perdida, aunque tal vez estaba encontrándose en lo más profundo de sus pensamientos. Cuando caminaba lo hacia lento, al compás de las olas cuando llegan hasta la orilla, pero con decisión como quien camina hasta su destino. Se asomaba a la puerta con la intención de respirar el aire fresco de la tarde y miraba al cielo buscando una respuesta, pero nunca preguntó ni cuestionó. Asumía su final.
A veces lloraba, quizás en la soledad de la noche o en los recuerdos de su niñez. Su vida había sido difícil, lo sabía, aunque nunca dijo que la hubiese querido fácil. Y sí, tuvo una vida, pero vivió siete, siete vidas en las que lloró, rió y disfrutó, como nadie o como todos. Pero jamás las arriesgó por miedo a perderlas. O las vivía todas o no vivía ninguna.
Recuerdo su alta figura robusta, su pelo azabache, su mirada profunda, pero de ojos pequeños. No era perfecta porque no creía en la perfección, pero era bella, y mucho más lo era su corazón. Un corazón que calentaba en las noches frías y solitarias, un corazón que latió las siete vidas, incluso latió por una vida más o incluso, por muchas vidas más. Algunas la amaban, otras la olvidaban, pero dio amor y fue un hogar.
Inefable. Todo era inefable para ella. Ese momento en el que no tenía palabras para explicar sus emociones o para preguntar. E inefable era explicar el sentimiento cuando te miraba a lo lejos, intuyendo tu presencia, tu cálida presencia. No volvió a bailar, es cierto, pero su ojos se movían al compás de un tango para decir un “te quiero” o para hacer brillar a quien mirase.
Ahora lo entiendo. Lo tenía todo y se lo arrebató la nada, pero nunca señaló a nadie. No tuvo en cuenta las injusticias y pidió perdón con su cálida sonrisa por si alguna vez, en alguna de sus vidas, fue injusta. Pero no lo fue. Era una mujer inefable. Única e inigualable. Fue hija, madre, abuela y mujer. Y menuda mujer, que tuvo una vida corta y difícil, pero nunca perdió su sonrisa.